Conocí a una chica muy ingenua. Parecía haber despertado ante mis tendencias masoquistas ocultas, revelando su naturaleza sádica. Se llamaba Ayami. Era delgada, con unas proporciones de modelo perfectas. Ya no era la chica inocente que no soportaba mirar un pene desnudo, sino una mujer súper guarrilla que solo quería masturbarse y llegar a la eyaculación. Por supuesto, se insertaba un pene desnudo y solo dejaba de succionar semen cuando sus testículos estaban completamente vacíos.
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