Me mudé a Tokio para ir a la universidad. Mi vida, que debería haber estado llena de esperanza, se fue apagando poco a poco, sin nadie en quien confiar. Entonces, un día, una madre soltera llamada Louisa, con una hija pequeña, se mudó a la casa de al lado. Era menuda, pero ansiaba desesperadamente ser madre, y por alguna razón, no podía abandonarla. Debería haber sido solo un pequeño favor. Pero cuando sonrió y dijo "gracias", se me encogió el corazón. Inconscientemente, la presencia de Louisa llenó mi mundo. Aunque ambas nos sentíamos solas, nuestros corazones y cuerpos se fueron acercando poco a poco. Sin embargo, este tiempo de paz no duró mucho. Su pasado —su exmarido, Taro— quedó al descubierto. Sus gritos de ira y su violencia me paralizaron. Me sentí impotente, al menos eso pensé. Pero cuando vi esas lágrimas, mi corazón gritó: "Te protegeré". Aunque sea débil o patética, por su sonrisa, la defenderé.
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