De virgen, mi silenciosa, inexpresiva y atractiva menor, una chica literaria, me amaba dulce e intensamente. Para ella, la pureza significaba compartir comportamientos indescriptibles y perversos. Cuanto más desquiciado el comportamiento, más puro era. Fui entrenado, desarrollado y aprisionado por sus fetiches sexuales anormales... Y de ahora en adelante, seguiré siendo devorado por esta chica literaria...
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