Los genitales de la mujer, las plantas de los pies, los dedos y los espacios interdigitales... saborea y disfruta con avidez partes que normalmente no dejaría ver. Mientras la vergüenza le enrojece las mejillas, las plantas de los pies le arden; se pone las medias, las humedece aún más y juega con ellas. Su útero empieza a doler, convirtiéndose en una zona erógena que anhela el pene de otro. ¡La mujer casada exhibe un estado de éxtasis, apagado y humedecido!
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