Para la continuidad de su familia, Ichika se ve obligada a contraer un matrimonio político. La familia de su futuro esposo tiene una antigua tradición, una de las cuales es pasar tiempo con el cabeza de familia la semana previa a la boda. «Es solo una tradición nominal; mi tarea es simplemente que mi lascivo suegro me abrace...», decide. Sin embargo, las exigencias de su suegro superan con creces sus expectativas más descabelladas...
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