Eriko era una madrastra pura y cariñosa que trataba a su hijastro como a un hijo propio, cuidándolo a diario. A medida que su hijastro crecía, le resultaba cada vez más difícil ignorar su presencia, no como la de una madre, sino como la de una mujer. Una noche, su hijastro reunió valor y entró en la habitación de Eriko. En ese instante, Eriko quiso negarse, pero tras su primer contacto, sintió un deseo más fuerte que la negativa… Desde ese momento, su cuerpo ya no podía estar sin él, y hoy, su tierna vulva volvía a estar empapada.
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