Mi amiga de la infancia, con el rostro desfigurado por la preocupación. ¿Su preocupación era una locura? ¿¡Unas ganas locas de lamer un pene!? Yo, que me gustaba, se lo confesé, diciéndole que aceptaría todos sus deseos perversos. Todos los días, de la mañana a la noche, nos besábamos y acariciábamos... Me volví cada vez más adicto a su lengua...
Comentarios