Este contrato oscuro y meticulosamente elaborado, aparte de prohibirle exponer sus pezones, no le imponía ninguna otra restricción. Incluso sentía que estar desnuda era mejor, pues las continuas agresiones que soportaba semidesnuda la hacían preguntarse si este era el anhelado sueño de convertirse en una ídolo del fotograbado, un sueño que había cumplido recientemente tras dejar su pueblo natal rural. Incapaz de romper el contrato, solo pudo regresar a esa infernal sesión de fotos con miedo, donde fue el blanco de hombres mayores y pervertidos que solo se interesaban por sus grandes pechos.