Ese año, los hombres mayores me consumieron, tanto física como emocionalmente. Su saliva era espesa, sus penes olían fatal, pero me encantaba cómo me perseguían sin descanso. Los lamía de vuelta, retorciendo las caderas, sintiendo una oleada constante de placer. No puedo olvidar el sabor de su saliva. Olvidé mis estudios, pasando esos veranos lamiéndolos con esos hombres, con el sonido de sus sorbos llenando el aire. Cada vez que llega la temporada de calor, siempre recuerdo esa escena...