"No... no hagas esto más...", dije, enloquecida por la pasión de la juventud de mi alumno, su dureza y la eyaculación de su pene... Yo, profesora, me sentía increíblemente cómoda en aquella depravación. Joven, duro y con una lujuria sin límites. Ese pene, dispuesto a penetrar a cualquier petición, me hizo abandonar mi identidad de profesora y convertirme en maternal. La moral se había derrumbado hacía tiempo. Solo quedaba el placer. Un beso profundo que confirmaba el deseo desbordante del otro. Ética. Visión social. Lo sabía todo. Lo entendía todo. Aun así, no podía dejar de tener sexo con mi alumno: "Como profesora... estoy acabada, ¿no?". Con esos labios murmurados, volví a succionar el pene de mi alumno hasta el fondo de mi garganta.